(Nota: Empecé a escribir este artículo en Febrero de este año. Lo he terminado de rematar hoy. Es la tercera vez que lo abro para editar. Por eso, algunas referencias temporales pueden no coincidir con la realidad. Disfrutadlo de todas formas)
Hace unos días tuve un intercambio de opiniones con una serie de personas con cierta sucesión sobre los sujetos que Internet ha convenido en denominar “trolls”. No, no nos referimos a los malos de David el Gnomo, ni a los muñecos horribles con pelo de colorines que fueron moda pasajera hace unos años.

Aunque no os lo creais, se vendieron un huevo de estos bichos. Y nadie se cuestionó nunca ni el que fueran en pelotas, ni el que no tuvieran ningun tipo de genitales. Que bárbaros eran los hombres del pasado.
Me di cuenta en ese momento que mi opinión sobre los trolls difiere bastante de la del resto del mundo, como es habitual. Así que me dije, “Eh, todo el mundo esta equivocado menos tu”. Y a continuación, pensé, “Vaya, esto sería un buen artículo de blog”. Y en esas estamos.







